8.20.2014

Yo quiero.

Él quería que todos fueran invencibles, que las familias fueran invencibles, que su abuelo muerto fuera invencible donde quiera que estuviese, que su casa agrietada por el terremoto también lo fuera. Que los pasos arrastrados de su madre depresiva fueran levantados por una fuerza invencible, que su padre fuera invencible en el lugar desconocido en que habitara, con su rostro desconocido e invencible. Que el árbol que crece sobre la tumba del perro que duró apenas unos meses y murió de Distemper también tuviera brotes invencibles. Que el negocio donde compraba guagüitas de sustancia hubiera sido invencible al supermercado donde nadie lo conoce y lo saluda. Eso respondió cuando su madre le preguntó, como por obligación, mientras daba una chupada a su cigarro empapado de rouge y miraba por la ventana. Voy a ser invencible.

8.19.2014

El hombre sin suerte.

Al hombre sin suerte le pasa de todo menos morir. Porque a estas alturas eso también sería una suerte. Paralizado en una pieza de hospital es rodeado por aparatos que lo mantienen respirando. Te salvaste le dice el doctor. Sólo para volver a caer, piensa él. Un mes después da tímidos pasos, mira a ambos lados de la calle, cambia una mirada con una mujer que rápidamente pierde interés. Cruza la calle como si estuviera caminando sobre un tejado antiguo. Piensa mil nuevas formas de suicidarse, pero el valor de hacerlo tampoco es una de sus suertes. Hace demasiados años que dejó de jugar, de correr y de respirar el humo de alguna fogata. Prende un cigarro y aleja el cáncer. Toma una copa y se emborracha pero no olvida. El hombre sin suerte nació al revés, sus pies vieron la luz mientras por sus narices entraban las entrañas de su madre muerta. Desde entonces vivió soñándose como asesino inocente de ella. Dobló la esquina, en el suelo había un billete de veinte y no fue capaz de recogerlo.

Desalojo

A veces ronda la casa mirándola desde diferentes ángulos. Repasa los rincones, las imperfecciones de las junturas, las estelas de la enredadera que se secó, como venas muertas en los muros que rodean la ventana de su pieza. El limonero está nevado de esa peste negra que él solía limpiar con un paño, hoja por hoja. En el candado oxidado de la bodega a penas se lee Odis. Sus herramientas siguen presas ahí. Todos los años el mismo pájaro negro anida en el entre techo, recuerda haberlo oído caminar hacia sus crías chillando de hambre. Golpea repetidamente la carta sin abrir del banco en la palma de su mano, deja la reja de entrada entreabierta y camina por la vereda que cuando niño también pensaba que era suya.

4.15.2014

Los noventa.

Los noventas son una apología a la tristeza crónica de una generación que inundaba las calles como la sangre espesa de un corazón que estaba dejando de latir. Estancándonos de a poco, veníamos de una inocencia epiléptica, tan auténtica como para creer que las camisas moradas, los pantalones amasados, las chaquetas nevadas y los zapatos pluma nos hacían una especie atractiva, como pájaros adornando un nido con cuentas de colores sin valor. Éramos felices y a la vez, éramos el reducto tardío de todo lo que pasaba en el norte del mundo, todo llegaba como la luz de una estrella, mucho tiempo después de que a penas pudiéramos disfrutarlo. Queríamos todo, sin saber que todo era demasiado. No teníamos celulares que interrumpieran nuestros viajes en micro donde soñarse como estrella de rock era más fácil e incluso más cercano. Vivimos una infancia mirando las caras obligadamente militarizadas de nuestros adultos, tanto, que de alguna forma u otra, había que perder el control, y lo perdimos de la manera más extraordinaria posible, bailando todo los que nos pusieran por delante. Lo bueno, lo malo y lo peor.

7.15.2013

Leche

Se cae una gran alforja de leche del estante superior de la cocina. El piso es blanco también. La mujer que siempre limpia todo entra a escena. Abre la puerta en reversa. Trae consigo una bandeja. Audífonos bien colocados en ambas orejas. No sólo cayó sino que se partió la crisma en la baldosa. Una canción poco importante se apaga. Un gato enorme entra con sus crías por la ventana. Sus patas acolchonadas no hacen ningún ruido. Sólo el ronquido final de la garganta de ella. Tenía planeado ir a botar los gatos ese día a la corriente del canal. En cambio ellos la lamieron sin rencores.
Lava esa lava que mana de tu cráneo roto. Redobla los pliegues de aquel único revés. Suplícame te lo pido. De lo contrario no habrán tierras que vender.

9.14.2011

El Golpe.


Bajo la velocidad, miro el suelo y veo los rayos de la bicicleta rodar al revés. El espejismo acostumbrado mientras se detienen. Veo el auto de mi papá estacionado a la rápida, con una rueda sobre el pasto. Mala tarde.
Entro, como y entremedio me abofetea varias veces porque olvidé el uniforme de gimnasia en el colegio, me cambio el uniforme y me golpea otra vez porque estuve mucho rato en el baño. ¿Puedo ir a andar en bici?. Tomo su silencio como una afirmación. Antes de salir veo su celular encendiéndose en la mesita del pasillo indicado un mensaje de texto; “Perro, a que hora paso a buscar las 30 lukas de lo que compraste el otro día”. Tomo el celular y respondo casi sin dudar; “Yo a vo no te debo nada conchatumadre y si tenís un problema conmigo ven a arreglarlo altiro a mi casa, ya sabís donde queda, muerto de hambre, te voy a estar esperando” Apreto “send” y luego “borrar mensajes recientes”. Cuando estoy a punto de doblar la cuadra y el espejismo de los rayos en la ruedas comienza a girar hacia el lado correcto, siento una frenada rotunda y cuatro puertas de un auto que se abren y se cierran a la vez. Pedaleo más fuerte y por primera vez me gusta sentir el viento en mi cara. Me gusta el golpe del viento en la cara.

8.27.2010

No suena igual

Acerqué la ceniza ardiente de la punta del cigarro hasta la hormiga, la vi retorcerse hasta quedar inmóvil y luego me fumé su alma.

7.08.2010

Mientras más leo, estudio, deduzco, entiendo y debato. Más me me gusta el idiota que soy, el bromista trivial que le saca risas a todos y logra que tu me mires, me estudies, me deduzcas y me eliajas entre los demás.
Quiero decirle a la persistente imagen del animal que llevo o que me lleva, que sigo aquí, encerrado en el presente.
Hoy revisé el reloj de arena que tengo de adorno en el escritorio y por primera vez lo vi funcionar hacia arriba.
Una de dos; o soy yo.
O es la vida la que está de cabeza.
Fuimos hechos para pensar y soñar en cosas que no existen. El que descubrió el fuego, el que inventó la rueda y el que forjó la primera espada de metal fueron catalogados como simples primates afortunados y pasaron al recuerdo sin pena ni gloria. El que vio un líder predicando y se le ocurrió que podría existir dios, ese sí que se topó con un golpe de suerte.

3.11.2010

A patadas. Paso uno. (Fragmento)



Contrario a la perfección Claus Carmona, con C. Conectó con la realidad desde el suelo.
Y cómo llega alguien a darse un encontrón de ese calibre y quedar ahí, inerte y conciente, porfiando la cara contra la baldosa helada que a intervalos lo despierta y le recuerda que está lejos de su casa.
Una enfermedad oculta, un dolor insoportable que lo tumbó en público. Un desmayo, una fatiga por falta de alimento, defensas bajas, estrés, depresión, alcohol, roce, fricción, desgaste, calentamiento global, desastre colectivo, aceptación, duelo, no se sabrá nunca. Lo que se sabe es que ahí estaba tirado, con todo el universo doliéndole. El tacle del administrador sumado al zapatazo del barman una vez caído y de inmediato el cuerpo técnico pidió la camiseta. Otro par de patadas en las costillas, patadas de las que ya están demás, de las que revuelcan un saco, y sería.
Pero Claus estaba vivo, a sus huesos entrenados por las palizas de su padre y sus hermanos no le cuentan cuentos. Estaba simplemente borracho. Ido y volviendo con la despreciable persistencia del sol que le muestra la silueta del cerro que hoy debe subir. Mátenme a patadas. Esa fue su oferta. Su verdadero sacrificio. Pero todo seguía ahí.
A despertar Claus, a mover esos moretones, esas aureolas de piel, esas galaxias violetas, verdes y azules. Una ducha es lo que necesitaba, una vertiente tibia. Un sumario interno. Pero él no quería saber la verdad, como los enfermos graves no quieren saber cuándo morirán. Con la lucidez de las últimas palabras del condenado se encima sin miedo a una distraída mujer que se contrae de inmediato al verlo y le pide un sorbo de agua de su manguera. Espanta algo de angustia mojándose la cabeza. Pero al retirar el chorro todo vuelve a cero igual que al sacar el hielo de una quemadura. Le arde otra vez la memoria y comienzan los destellos de la noche anterior. Rayos de sol como jeringas con suero de la verdad se clavaron esperando su turno después de la manguera y sin créditos ni presentaciones empezó el stop motion en reversa desde la pateadura hasta un final disfrazado de principio que no puede ver. Un final que huele como el polvo de sus huesos en la butaca de una película sin fin.

3.08.2010

Irrigación


Si buscas una vena en tu cabeza y presionas fuerte la yema de tus dedos contra la piel, algo de sangre dejará de llegar a alguna parte, es posible que se te quede dormido el brazo que estás usando y hasta ahí llegue todo, o que pierdas momentáneamente la visión de un ojo o dejes de secretar alguna hormona. También puede pasar que aprietes la vena correcta, esa falla congénita que lleva más sangre de lo habitual y te transformes por unos minutos en un genio o un profeta, o un profeta con una jaqueca insoportable. En cualquier caso la irrigación cerebral no es ningún misterio, salvo que enfermes gravemente y mueras sin ninguna explicación, y a la larga, te transformas en una especie de animita de culto. Un armario de recuerdos importantes para alguien, si lo tienes, porque tener a alguien es eso precisamente, apoderarse de su atención emocional, de su deseo irracional de compañía, esa que alimentaste tanto tiempo que ya es algo que corre por sus venas. O por una que si logra apretar correctamente, resultará en el olvido de tu imagen cerrando el círculo virtuoso de los que nos apretamos las venas cada vez que queremos creer en algo que no existe.

9.23.2009

Nada que perder (fragmento)


Se acuerda de todo mientras maneja el furgón, por primera vez, con las luces encendidas, no tiene claro dónde va, tal vez a tomar una cerveza pero no sabe en qué lugar. Unas chicas caminan por la vereda paseando un perro enorme, un malabarista ilumina la cuadra con sus clavas de punta encendida. Todos parten con la verde, el perro de las chicas huele con insistencia los mechones de pasto crecido de una casa abandonada. Cuando las cosas pasan, pasan sin aviso. Miles de vidrios en forma de pequeños cubos de cristal parecían esquivar su cuerpo tal como debería explotar una galaxia en la cara, después, un golpe y un sonido que nunca había escuchado tan de cerca. Vuelca varias veces, el tiempo suficiente para imaginar que la realidad es como la fotografía de un premio pegado en una tómbola, igual que cada giro en su parabrisas. La tómbola se detiene dejando ver la imagen del otro auto involucrado. Una mujer sin piernas se arrastra por la vereda alejándose de la destruida estructura. Esta imagen le provocó un escalofrío, la clara sensación de desmayo, de no querer jamás acercarse a ella, el cliché nunca mejor aplicado; quisiera que esto nunca hubiera pasado, o; cómo poder volver en el tiempo y evitar esta tragedia. Comienzan a parar curiosos, se abren las puertas de las casas, las chicas corren vereda arriba tirando la correa de su descomunal perro que arrecia dando saltos en sentido contrario. Las clavas del malabarista humean en el pavimento, huele a bencina y plástico fundido. La mujer se ha refugiado tras unos arbustos, parece que nadie la ha visto. A su lado la puerta ya no existe, se saca el cinturón y sale del furgón cabeza arriba. Corre hacia ella, corre como nunca, sin mirar la calle, corre hacia la mujer sin piernas. Corre hasta alcanzarla y lo primero que atina es a decir; cómo estai, perdón, perdón, cómo estai, perdón, dime cómo estai. Ella contesta y reitera. Nos salvamos, nos salvamos, hueón… …nos salvamos. Levanta la vista sobre su cabeza y logra enfocar una de sus piernas tirada frente a la entrada de una casa, la otra se asoma de entre los fierros de lo que queda del motor, un trozo de media todavía sostiene un zapato café. Al momento siguiente ella se levanta y se sostiene en dos brazos balanceando perfectamente el tronco apoyado como un trapecio sobre sus dos brazos erguidos, en medio, una falda que no termina en nada. Parece un acto de magia negra, una espectacular broma montada sólo para él. La pierna, pásame la pierna, son re caras y me costó años de trabajo mandármelas a hacer, fue lo siguiente que oyó de labios de ella.

9.16.2009

Consecuencia.


El gordo hizo una huelga contra sí mismo.
Se encadenó al pilar de una tienda de comida rápida.
Puso un cartel que decía “ignóreme por favor”.
Tuvo un 100% de respuesta positiva a su llamado.
Las palomas lo cagaron hasta pintarlo de blanco.
Murió de hambre.

8.31.2009

Eutanasia


Es bastante impresionante, como un perro de ojos negros que se ríe bajo la cama de una vieja postrada. Coagulada en su colchón de lana. Jugando con un hilo de saliva blanca y espumosa entre los labios. El perro ahora gruñe, o tal vez antes lo hacía y yo pensé que era risa. Vaya uno a saber, ¿qué cosas no?. Cómo es que morirse puede transformarse en semejante ritual. El perro no dejó acercarse a nadie a menos de dos metros del catre, ladró sin cesar con el aliento de una batalla donde todos se mataron y nadie enterró a nadie. Me fui sabiendo que no había nada que hacer.

8.10.2009

Epicentro.


Basta de filosofar bajo la ducha. Hoy es un día especial para el bueno de Ernesto. Hay que sacudir la chaqueta de la ropa usada, aplastar como sea las mechas de clavo y partir al primer día de trabajo caminando alegremente. Así te quiero, con la cara llena de risa, se repite mientras cuenta las rayas de la vereda, cuidándose de jamás pisar alguna. Nunca. Menos hoy.
Nada especial, ni recibimientos ni presentaciones, al tiro a la cocina, hacer café y limpiar la cubierta de vidrio de la sala de reuniones. Ernesto tiene expectativas, sueños trazados que alcanzar. Por eso, además de pasar el paño, pule los bordes de metal y le saca trote a los remaches de aluminio. Que se note el cambio de mano, piensa. Sin querer pasa a llevar el control remoto del televisor. Entre canal y canal aparece una señal difusa con una línea constante que pasa de arriba abajo, varias veces por segundo. Ahí se quedaron los ojos de Ernesto. Perdidos y atrapados en el ir y venir. Mal día para un ataque.

Promesa.


Juntó la plata justa para saldar sus deudas con el boletín comercial. Sintió la extraña sensación que bajo sus pies el piso se movía cada tanto. Se dio cuenta que estaba sobre el metro. Esperó largamente, pagó y prometió que nunca más. Caminó a casa y recordó que todavía no podía llegar, sus hijos jugaban en la casa del vecino mientras el vecino jugaba en su casa bajo la falda de su mujer. Llegó al antejardín, se asomó apenas por la ventana de su pieza, lloró y esperó encuclillado secándose los mocos con la manga de la camisa. Prometió que nunca más. Dio un salto cuando el hijo menor le tocó el hombro y le preguntó si estaba jugando a la escondida. Claro que sí, me pillaste, mañana te voy a comprar una bicicleta de los power rangers, prometió. No se cómo, pero prometo que lo voy a hacer.

8.07.2009

Es decir eso.



De un momento a otro se nubló.
Es decir.
En un instante estaba despejado y luego de un tiempo el cielo se cubrió de nubes.
Es decir.
El sol sombreaba el contorno de las cosas hasta que un banco de nubes del diámetro de todo el horizonte tamizó el paisaje.
Es decir.
Luz paseaba su perro por el parque encendiendo todo a su paso hasta que un rayo de agua gris le reventó el pecho, soltó la cadena y el animal de Luz se evaporó entre las raíces de un pimiento.
Es decir.
Había Luz y ya no.
Es decir.
Eso.