7.15.2013
Leche
Se cae una gran alforja de leche del estante superior de la cocina.
El piso es blanco también.
La mujer que siempre limpia todo entra a escena.
Abre la puerta en reversa.
Trae consigo una bandeja.
Audífonos bien colocados en ambas orejas.
No sólo cayó sino que se partió la crisma en la baldosa.
Una canción poco importante se apaga.
Un gato enorme entra con sus crías por la ventana.
Sus patas acolchonadas no hacen ningún ruido.
Sólo el ronquido final de la garganta de ella.
Tenía planeado ir a botar los gatos ese día a la corriente del canal.
En cambio ellos la lamieron sin rencores.
9.14.2011
El Golpe.

Bajo la velocidad, miro el suelo y veo los rayos de la bicicleta rodar al revés. El espejismo acostumbrado mientras se detienen. Veo el auto de mi papá estacionado a la rápida, con una rueda sobre el pasto. Mala tarde.
Entro, como y entremedio me abofetea varias veces porque olvidé el uniforme de gimnasia en el colegio, me cambio el uniforme y me golpea otra vez porque estuve mucho rato en el baño. ¿Puedo ir a andar en bici?. Tomo su silencio como una afirmación. Antes de salir veo su celular encendiéndose en la mesita del pasillo indicado un mensaje de texto; “Perro, a que hora paso a buscar las 30 lukas de lo que compraste el otro día”. Tomo el celular y respondo casi sin dudar; “Yo a vo no te debo nada conchatumadre y si tenís un problema conmigo ven a arreglarlo altiro a mi casa, ya sabís donde queda, muerto de hambre, te voy a estar esperando” Apreto “send” y luego “borrar mensajes recientes”. Cuando estoy a punto de doblar la cuadra y el espejismo de los rayos en la ruedas comienza a girar hacia el lado correcto, siento una frenada rotunda y cuatro puertas de un auto que se abren y se cierran a la vez. Pedaleo más fuerte y por primera vez me gusta sentir el viento en mi cara. Me gusta el golpe del viento en la cara.
8.27.2010
No suena igual
Acerqué la ceniza ardiente de la punta del cigarro hasta la hormiga, la vi retorcerse hasta quedar inmóvil y luego me fumé su alma.
7.08.2010
Fuimos hechos para pensar y soñar en cosas que no existen. El que descubrió el fuego, el que inventó la rueda y el que forjó la primera espada de metal fueron catalogados como simples primates afortunados y pasaron al recuerdo sin pena ni gloria. El que vio un líder predicando y se le ocurrió que podría existir dios, ese sí que se topó con un golpe de suerte.
3.11.2010
A patadas. Paso uno. (Fragmento)

Contrario a la perfección Claus Carmona, con C. Conectó con la realidad desde el suelo.
Y cómo llega alguien a darse un encontrón de ese calibre y quedar ahí, inerte y conciente, porfiando la cara contra la baldosa helada que a intervalos lo despierta y le recuerda que está lejos de su casa.
Una enfermedad oculta, un dolor insoportable que lo tumbó en público. Un desmayo, una fatiga por falta de alimento, defensas bajas, estrés, depresión, alcohol, roce, fricción, desgaste, calentamiento global, desastre colectivo, aceptación, duelo, no se sabrá nunca. Lo que se sabe es que ahí estaba tirado, con todo el universo doliéndole. El tacle del administrador sumado al zapatazo del barman una vez caído y de inmediato el cuerpo técnico pidió la camiseta. Otro par de patadas en las costillas, patadas de las que ya están demás, de las que revuelcan un saco, y sería.
Pero Claus estaba vivo, a sus huesos entrenados por las palizas de su padre y sus hermanos no le cuentan cuentos. Estaba simplemente borracho. Ido y volviendo con la despreciable persistencia del sol que le muestra la silueta del cerro que hoy debe subir. Mátenme a patadas. Esa fue su oferta. Su verdadero sacrificio. Pero todo seguía ahí.
A despertar Claus, a mover esos moretones, esas aureolas de piel, esas galaxias violetas, verdes y azules. Una ducha es lo que necesitaba, una vertiente tibia. Un sumario interno. Pero él no quería saber la verdad, como los enfermos graves no quieren saber cuándo morirán. Con la lucidez de las últimas palabras del condenado se encima sin miedo a una distraída mujer que se contrae de inmediato al verlo y le pide un sorbo de agua de su manguera. Espanta algo de angustia mojándose la cabeza. Pero al retirar el chorro todo vuelve a cero igual que al sacar el hielo de una quemadura. Le arde otra vez la memoria y comienzan los destellos de la noche anterior. Rayos de sol como jeringas con suero de la verdad se clavaron esperando su turno después de la manguera y sin créditos ni presentaciones empezó el stop motion en reversa desde la pateadura hasta un final disfrazado de principio que no puede ver. Un final que huele como el polvo de sus huesos en la butaca de una película sin fin.
3.08.2010
Irrigación

Si buscas una vena en tu cabeza y presionas fuerte la yema de tus dedos contra la piel, algo de sangre dejará de llegar a alguna parte, es posible que se te quede dormido el brazo que estás usando y hasta ahí llegue todo, o que pierdas momentáneamente la visión de un ojo o dejes de secretar alguna hormona. También puede pasar que aprietes la vena correcta, esa falla congénita que lleva más sangre de lo habitual y te transformes por unos minutos en un genio o un profeta, o un profeta con una jaqueca insoportable. En cualquier caso la irrigación cerebral no es ningún misterio, salvo que enfermes gravemente y mueras sin ninguna explicación, y a la larga, te transformas en una especie de animita de culto. Un armario de recuerdos importantes para alguien, si lo tienes, porque tener a alguien es eso precisamente, apoderarse de su atención emocional, de su deseo irracional de compañía, esa que alimentaste tanto tiempo que ya es algo que corre por sus venas. O por una que si logra apretar correctamente, resultará en el olvido de tu imagen cerrando el círculo virtuoso de los que nos apretamos las venas cada vez que queremos creer en algo que no existe.
9.23.2009
Nada que perder (fragmento)

Se acuerda de todo mientras maneja el furgón, por primera vez, con las luces encendidas, no tiene claro dónde va, tal vez a tomar una cerveza pero no sabe en qué lugar. Unas chicas caminan por la vereda paseando un perro enorme, un malabarista ilumina la cuadra con sus clavas de punta encendida. Todos parten con la verde, el perro de las chicas huele con insistencia los mechones de pasto crecido de una casa abandonada. Cuando las cosas pasan, pasan sin aviso. Miles de vidrios en forma de pequeños cubos de cristal parecían esquivar su cuerpo tal como debería explotar una galaxia en la cara, después, un golpe y un sonido que nunca había escuchado tan de cerca. Vuelca varias veces, el tiempo suficiente para imaginar que la realidad es como la fotografía de un premio pegado en una tómbola, igual que cada giro en su parabrisas. La tómbola se detiene dejando ver la imagen del otro auto involucrado. Una mujer sin piernas se arrastra por la vereda alejándose de la destruida estructura. Esta imagen le provocó un escalofrío, la clara sensación de desmayo, de no querer jamás acercarse a ella, el cliché nunca mejor aplicado; quisiera que esto nunca hubiera pasado, o; cómo poder volver en el tiempo y evitar esta tragedia. Comienzan a parar curiosos, se abren las puertas de las casas, las chicas corren vereda arriba tirando la correa de su descomunal perro que arrecia dando saltos en sentido contrario. Las clavas del malabarista humean en el pavimento, huele a bencina y plástico fundido. La mujer se ha refugiado tras unos arbustos, parece que nadie la ha visto. A su lado la puerta ya no existe, se saca el cinturón y sale del furgón cabeza arriba. Corre hacia ella, corre como nunca, sin mirar la calle, corre hacia la mujer sin piernas. Corre hasta alcanzarla y lo primero que atina es a decir; cómo estai, perdón, perdón, cómo estai, perdón, dime cómo estai. Ella contesta y reitera. Nos salvamos, nos salvamos, hueón… …nos salvamos. Levanta la vista sobre su cabeza y logra enfocar una de sus piernas tirada frente a la entrada de una casa, la otra se asoma de entre los fierros de lo que queda del motor, un trozo de media todavía sostiene un zapato café. Al momento siguiente ella se levanta y se sostiene en dos brazos balanceando perfectamente el tronco apoyado como un trapecio sobre sus dos brazos erguidos, en medio, una falda que no termina en nada. Parece un acto de magia negra, una espectacular broma montada sólo para él. La pierna, pásame la pierna, son re caras y me costó años de trabajo mandármelas a hacer, fue lo siguiente que oyó de labios de ella.
9.16.2009
Consecuencia.
8.31.2009
Eutanasia

Es bastante impresionante, como un perro de ojos negros que se ríe bajo la cama de una vieja postrada. Coagulada en su colchón de lana. Jugando con un hilo de saliva blanca y espumosa entre los labios. El perro ahora gruñe, o tal vez antes lo hacía y yo pensé que era risa. Vaya uno a saber, ¿qué cosas no?. Cómo es que morirse puede transformarse en semejante ritual. El perro no dejó acercarse a nadie a menos de dos metros del catre, ladró sin cesar con el aliento de una batalla donde todos se mataron y nadie enterró a nadie. Me fui sabiendo que no había nada que hacer.
8.10.2009
Epicentro.

Basta de filosofar bajo la ducha. Hoy es un día especial para el bueno de Ernesto. Hay que sacudir la chaqueta de la ropa usada, aplastar como sea las mechas de clavo y partir al primer día de trabajo caminando alegremente. Así te quiero, con la cara llena de risa, se repite mientras cuenta las rayas de la vereda, cuidándose de jamás pisar alguna. Nunca. Menos hoy.
Nada especial, ni recibimientos ni presentaciones, al tiro a la cocina, hacer café y limpiar la cubierta de vidrio de la sala de reuniones. Ernesto tiene expectativas, sueños trazados que alcanzar. Por eso, además de pasar el paño, pule los bordes de metal y le saca trote a los remaches de aluminio. Que se note el cambio de mano, piensa. Sin querer pasa a llevar el control remoto del televisor. Entre canal y canal aparece una señal difusa con una línea constante que pasa de arriba abajo, varias veces por segundo. Ahí se quedaron los ojos de Ernesto. Perdidos y atrapados en el ir y venir. Mal día para un ataque.
Promesa.

Juntó la plata justa para saldar sus deudas con el boletín comercial. Sintió la extraña sensación que bajo sus pies el piso se movía cada tanto. Se dio cuenta que estaba sobre el metro. Esperó largamente, pagó y prometió que nunca más. Caminó a casa y recordó que todavía no podía llegar, sus hijos jugaban en la casa del vecino mientras el vecino jugaba en su casa bajo la falda de su mujer. Llegó al antejardín, se asomó apenas por la ventana de su pieza, lloró y esperó encuclillado secándose los mocos con la manga de la camisa. Prometió que nunca más. Dio un salto cuando el hijo menor le tocó el hombro y le preguntó si estaba jugando a la escondida. Claro que sí, me pillaste, mañana te voy a comprar una bicicleta de los power rangers, prometió. No se cómo, pero prometo que lo voy a hacer.
8.07.2009
Es decir eso.

De un momento a otro se nubló.
Es decir.
En un instante estaba despejado y luego de un tiempo el cielo se cubrió de nubes.
Es decir.
El sol sombreaba el contorno de las cosas hasta que un banco de nubes del diámetro de todo el horizonte tamizó el paisaje.
Es decir.
Luz paseaba su perro por el parque encendiendo todo a su paso hasta que un rayo de agua gris le reventó el pecho, soltó la cadena y el animal de Luz se evaporó entre las raíces de un pimiento.
Es decir.
Había Luz y ya no.
Es decir.
Eso.
9.07.2007
Mi Precioso Jardín.
La extinción de los Krepp.

Silvia está enferma y los doctores no saben a qué se debe tanto dolor. La Gorda dice que le duele la sangre al rozar las paredes de las venas y que sus pechos se encogerán hasta el tamaño del puño de un niño de dos meses. Tanta precisión en el diagnóstico no es rara en la Gorda, son demasiados años a cargo de la enorme cocina y tantos vapores diferentes han terminado por deschabetarla del todo. Eso creo yo.
El último mes he visitado a Silvia a diario, no está postrada, es mucho peor que eso, no se si es por padecer tanto pero la he visto deambular errante por los pasillos del segundo piso, a penas viste ropa interior, huele muy mal y aprieta una esponja seca contra su pecho, más que lavar parece querer absorber algo desde allí.
Sin sacar el seguro del picaporte, la Gorda pregunta quién es, tiene la voz tan aguda como el sonido de una tetera nueva, muchos sin verla pensarían que se trata de una niña de escasos cuatro años. Digo mi nombre completo; Jesús Santiago Fierro, ceden las bisagras de bronce de la puerta y veo la cara compacta de la Gorda, no hay gestos ni saludos, ya es suficiente con permitirme la entrada, su cuerpo enano en cada hueso y músculo se esfuerza en arrastrar los pies hasta el borde de la escalera de roble americano.
“Voy a preparar algo de té” es su forma de decirme que debo subir solo. A medio camino escucho gemir levemente a Silvia, me detengo en el descanso frente a la enorme foto familiar de los Krepp. Una familia imponente y conquistadora, cada uno adoptando naturalmente una postura desafiante, un misil de historia que me cuesta mirar. Otro gemido que coincide con el crujir de mi pie sobre el siguiente peldaño y veo a Silvia cuando tenía siete años, crucificada en la pared, en una muy poco feliz imagen blanco y negro de nuestra ajusticiada infancia en común. Al llegar al balcón interior veo su sombra inmóvil a través del dintel de la puerta, pienso en una mala película de terror, una tan mala que me asusta de verdad. Es el momento de correr lejos. En cambio, me saco el abrigo, lo dejo sobre la cama, la miro a los ojos y ella me dedica su única sonrisa semanal.
8.30.2007
Salmo 237

En la máquina 237, la que baja por Fleming, estaba su maquillaje barato serigrafiado en el vidrio, atestiguando el sudario de una mujer que se quedó dormida en el recorrido de las cinco de la mañana para llegar a las ocho, a lavar los pies de hijos que no son suyos. Los propios, están encerrados con llave, con un brasero encendido. Afuera, vuelan en círculos, negros periodistas emplumados. Huele a crucifixión.
(Repítase un par de veces en cada noticiario).
7.25.2007
El último tirón.
A sus tres años, se dejaba llevar completamente distraída. Estaba absorta estudiando los pastitos y los túneles de araña entre las junturas de los ladrillos. Cada tres pasos la remecía un tirón de apuro, sus pies doblaban la marcha y de inmediato retomaban su ritmo contemplativo. Llegaron al semáforo, otro tirón, uno más violento para alcanzar a pasar con mono verde y quedó libre. Una micro amarilla se llevó a la nana para siempre. Los curiosos devoraban la lejana imagen de la mujer deshuesada mientras ella miraba las carreteras incandescentes de los caracoles en el ventanal de la casa esquina.
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